La florecilla
miércoles, 30 de mayo del 2007 a las 21:50
Esta es la historia de una florecilla que por su enorme belleza atraía hacia si a tantos y tantos cabestros que un buen día decidió que nadie más la comería.Ella, orgullosa de ser bella y atraer a tantos insectos, permaneció impertérrita durante años plantada en su precioso jardín, allí donde había nacido y había crecido hasta convertirse en la preciosa flor que hoy era.Durante años se propuso todo tipo de quimeras, desde no ser tan bella hasta desarraigarse de su lugar de nacimiento, pero cómo irse, con tantas personas que la amaban y la necesitaban para su existencia, y lo peor, dónde ir, a otro lugar donde su belleza primase por encima de su verdadera bondad que casi nadie aún había sabido descubrir.Todos la deseaban y todas la envidiaban, pero ella se sentía desdichada en su interior. Nadie conseguía mimarla con aquello que de verdad ella necesitaba, nadie supo nunca entender que detrás de ese mal genio aparente y de esa imagen de seguridad, había una persona, una mujer que deseaba que alguien se apropiase de ella y la cuidase, sin destrozar su autoestima ni su vanidad.Un día apareció de repente un hombre, él inmediatamente se dio cuenta de que había conseguido por fin encontrar a su alma gemela, a la mujer que constantemente había aparecido en sus sue_os, y sin saber que ella se proponía lo mismo, decidió seducirla. Él sabía que la tarea que se proponía no era en absoluto fácil, que más bien al contrario podía fracasar en el intento y que aunque llegase un momento en el que todo pareciese realmente controlado, existía todavía la posibilidad de perderla. De modo que no había que descuidar ni un sólo detalle, ni un sólo momento, el trabajo sería arduo, pero la recompensa sería el mayor tesoro que él podría conseguir en ningún momento de su vida.Así lo hizo, dedicó todo su empeño, puso gran interés, pero ella en ocasiones no lograba comprenderlo, pensaba que como siempre la mala fortuna le perseguía y que aquel no era más que otro cabestro con aires distintos, pero insecto al fin. El hombre sufría por no lograr hacerle ver a ella cuanto la amaba, cuanto la necesitaba y cuanto la había soñado a lo largo de su vida. No sabía cómo hacer para que ella se sincerase por completo con él.
En verdad ella nunca fue sincera, primero fueron pequeñas mentiras las que se descubrían por si solas, luego con el tiempo fueron otras mucho mayores y finalmente la mayor de todas, ella no era ella. Pero a pesar de la evidencia ella nunca quiso aceptar que se había hecho suplantar por otra persona, que en realidad no era más bella, sino que simplemente a primera vista, sin oirla hablar, sin saber cómo pensaba, sólo así como la imagen de una ninfa pintada por Tiziano, aparentaba ser alguien a quien postrarse a sus pies.Lo injusto para él fue que le puso voz y forma a esa imagen, que le puso carácter y que al final tuvo que renunciar a esa imagen y centrarse en otra. En absoluto le costaba aceptar como bella la nueva imagen, puesto que también lo era, simplemente no podía soportar tantas cosas inciertas del todo en tan breve espacio de tiempo, había generado en sí mismo tantas nuevas ilusiones y tan verazmente que aquello ya colmó por completo su paciencia y su ilusión se desvaneció.Fue probablemente el varapalo más fuerte que jamás había recibido, no sabía cómo aceptar aquello ni cómo renunciar al amor que tan pasionalmente había creado en su corazón.Cuando le ocurrió esto no tuvo otra alternativa que huir, primero del lugar donde se habían por fin conocido, después de si mismo, de la fuerza que le imponía no interpelar aquello ya una vez más afrontarlo, pero no pudo ser, su miedo fue superior a su valentía y huyó.Una mañana cogió su mochila, su tienda de campaña y algunas que otras cosas necesarias para salir al monte. Montó en su coche sin saber muy bien dónde dirigirse y su brújula le indicó que había un lugar en los Montes Universales, cerca de la Sierra de Albarracín y del nacimiento de su río, El Tajo. Se marchó allí, dejó su coche en un pequeño pueblo de la comarca, Peralejos de las Truchas, junto al ayuntamiento, y le hizo saber al Policía Municipal que allí había, que regresaría cuatro días más tarde, que marchaba al Monte a caminar y que si para el Sábado a la hora de comer, el coche seguía ahí, es que habría pasado algo. Demasiadas precauciones, realmente no tenía porqué ocurrir nada, en realidad el lugar sí era un bosque, pero en verano y bien equipado no tenía porqué ser peligroso.Compré dos hogazas de pan, algún chorizo, salchichón, latas de foie gras, leche condensada y café, y me hice al monte.
Esa misma noche logré encontrar un lugar placentero donde dormir, cercano a un arroyo de aguas de montaña, con una suave hierba donde acampar y rodeado de estrellas en el cielo como jamás había visto tantas. Pensé que meditaría al respecto de lo que me ocurría, de lo que me había llevado hasta allí, pero sin darme cuenta fui olvidándome de mi vida y centrándome en la vida.La noche pasó con extrema lentitud, no sabía qué hora era cuando me acosté ni cuál era en cada uno de los momentos en los que me levanté, no llevaba ni reloj, ni móvil, ni ningún aparato que pudiese informarme o conectarme con algo mundano, sólo sabía que tenía que pasar cuatro noches fuera, dormir en mi tienda, comer, beber y caminar eran el único objetivo y cuando llegase algún lugar habitado, huir de esa zona para adentrarme en el bosque, antes de saber de qué lugar se trataba. Cuando el viernes, es decir, cuando pasase la última noche, ya intentaría acercarme a algún lugar habitado para después coger un taxi y regresar al lugar donde dejé el coche.Bueno probablemente fue todo aquello lo que pensé y realmente así fue como ocurrió; efectivamente después de cuatro largos días con sus noches y de alguna que otra anécdota sin importancia, volví al lugar donde había dejado el coche y me marché a casa.A partir de ese momento volvía a encontrarme perdido, mucho más de lo que lo hubiera estado en el monte. No era una pérdida de ubicación física, de espacio, sino de ubicación personal, de no saber cuál era el fin que perseguía, qué hacer mañana a parte de trabajar. Tiempo más tarde encontré la solución al enigma, simplemente había que vivir, día a día, momento a momento, y esperar que la vida deparase, como siempre lo hace, distintos caminos a elegir, distintas facetas a vivir y circunstancias a asumir, y así, poco a poco fuí entendiendo que no puedo huir de la vida, que ella me persigue, que debo vivirla y que un día, cuando menos me lo espere y probablemente sin desearlo, ella, la vida, me abandonará.
La moraleja de este pequeño relato no es otra que las decepciones no lo son tanto pasado un tiempo, que la paciencia para el cambio es una virtud, como siempre lo ha sido y que todo termina siendo una adaptación de nosotros a las circunstancias, esto ocurre sin remisión, de nosotros depende sólo el tiempo que deseemos tardar en esa adaptación.



