Esclavitud temporal
Hoy hace 25 años que a estas horas de la mañana me disponía a preparar un ligero equipaje para hacer un largo viaje de 12 horas y un regreso a casa no definido en el tiempo. Mi tristeza, mi agonía, mi falta de interés en lo que el Estado me obligaba a hacer por haber nacido aquí, me tenía desencajado y sin ilusión.
Abandonaba a mi novia de entonces, abandonaba mi ilusión juvenil por crearme un futuro, dejaba paralizado todo, supuestamente durante un año y tres meses.
En el mejor de los casos, como se decía entonces, si pasabas de todo, podías pasar esos meses incluso hasta divirtiéndote; pronto averigüe que no sería así en mi caso.
Pasé el peor año de mi vida, no tuve ninguna enfermedad física, pero soporté sin dignidad ninguna el que una pandilla de imbéciles, analfabetos en algunos casos, aparándose en uniformes y chapas colgadas de sus hombreras y su pecho, abusaran de un poder otorgado por quienes habían sufrido igual tipo de vejaciones.
Es del todo impensable que alguien de 20 años en esa época pudiera revelarse contra lo establecido, no siendo que tuviera la cobertura de una familia influyente, bien por tener dinero, bien por tener amigos militares de graduación.
Sin embargo ví con asombro que algunos compañeros eran felices con lo que les estaba ocurriendo, que se sentían orgullosos de estar ese año sirviendo a éstos parásitos de la sociedad en tiempo de paz, que no les importaba en absoluto, incluso contaban como grandes anécdotas este servilismo particular hacia estos militares.
Sufrí de hambre, aunque no pareciera que en esta época eso fuese posible, fue así, llegué incluso a comer la comida que previamente tenía que presentar a un coronel para su pastor alemán, que la verdad fue el mejor de todos los servicios que tuve que hacer porque al menos el perro era agradecido y buen compañero.
LLegué a ir a enfermería en tres ocasiones por palizas recibidas por un teniente que era enfermo mental, que maltrataba a todos los compañeros y más a mí que ninguno por no ceder a su absurdo ordenamiento diario. Me preguntaba si no estaba haciendo el tonto, siendo poco inteligente no cediendo a sus peticiones, no siendo algo más pelotilla, no comiéndole el coco como se decía, puesto que yo era más inteligente que él. Pero el orgullo juvenil no me permitía hacerlo y ello me hizo crecer, me hizo entender que no debía permitir nunca más a nadie que se me adelantara en algo o me perdiera el respeto.
Sin embargo entonces hubiera sido imposible haberse impuesto a aquel hombre. Él trataba desde hacía muchos años a diario con miles de chicos de mi edad, de toda clase social, de todo tipo de pensamiento, de todo tipo de carácter, además tenía todo el poder que se pueda imaginar; nadie se atrevería a contrariarle en nada, ni teniendo que defender con razón a un compañero, ningún otro soldado se habría atrevido a contrariarle. Él sólo daba novedades a un coronel que era tan malo como él, que estaba conpinchado con él en la obtención de combustible gratis, de cambios de aceite y todo tipo de mantenimiento gratuito, además obviamente, de tener los coches limpios todos los días y en todo momento a coste cero, con mano de obra gratis. Yo ya entonces llamaba a aquello esclavitud temporal, hoy sigo pensando que fue efectivamente eso, esclavitud temporal.
De allí no podía salirse sin autorización, ésta sólo te llegaba si ese teniente o coronel te la daba, y durante doce meses nunca se me dió. LLegué a acumular hasta dieciocho meses de arresto, por razones que algún día enumararé y que harán reir, pero que hoy no deseo, puesto que este escrito es más un desahogo de protesta que de reirme del pasado.
No, no es para reirse, aunque pueda hacer gracia 25 años más tarde. Quizá tampoco para vengarse, pero sí para darlo a conocer.



